Kilómetro Cero, Virgen de Guadalupe

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El culto guadalupano resulta por su historia un hito de la identidad mexicana, que como la gastronomía o la lengua, se mezcla para no volver a ser igual, además si este culto es importante como símbolo nacional, lo es doblemente para la identidad de la Ciudad de México, cuna de esta fe, sincrética y mestiza.

Según Luis Lasso de la Vega  fue Antonio Valeriano, quien compone el Nican mopoha, (aquí se cuenta, en náhuatl), la historia del indio Juan Diego, este texto a su vez, pertenece a un corpus más grande, Huei tlamahuicoltica, (El gran suceso), publicado en el año de 1649. En cuatro ocasiones la mariana Guadalupe se apareció al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, en el cerro del Tepeyac, una quinta aparición fue al tío de Juan Diego Juan Bernardino.

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Nican Mopohua, “Aquí se cuenta”

El texto de 36 páginas fue publicado por el vicario del Tepeyac Luis Lasso de la Vega, se cree que el texto de Valeriano fue reproducción de lo que Valeriano escucho del mismo Juan Diego, también se cree que esta anécdota pudo tener lugar en 1556, con esta hipótesis están de acuerdo O’ Gorman y León Portilla.

La historia por todos conocida, narra que Juan Diego llegó a la Nunciatura Apostólica (ahora Calle de Moneda) desplegó el ayate y de este cayeron rosas a los pies de Juan de Zumárraga, dejando al descubierto la imagen de la Virgen Guadalupana, de rasgos mestizos, de piel morena.  Esto habría ocurrido en el 1531, la última de ellas el 12 de diciembre.

La Villa estaba conectada con Azcapotzalco por la Calzada Azcapotzalco-La Villa, que durante la colonia fue rehabilitada, ya para el siglo XX se planeó y construyó la línea 6 del metro y finalmente la 6 del metrobús. Después de la conquista,el  templo a Toci,  había sido destruido completamente, pues el Tepeyac había sido un centro de culto muy importante, pues ahí se veneraba  a la diosa de la tierra y la fertilidad Cuatlicue, señora con falda de serpientes, también conocida como Teteonian, madre tierra, o Tonantzin, nuestra adorable madrecita, en náhuatl.

Consientes de la importancia sagrada del lugar, los franciscanos decidieron erigir una ermita. Fue en el año 1555 durante el concilio de la iglesia novohispana que se habló de promover el culto a los santos patrones de cada pueblo, entre ellos el culto mariano de Guadalupe.

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Ermita del Tepeyac

Sin embargo la aceptación de la nueva virgen tuvo sus detractores, y aunque Alonso de Montúfar, arzobispo de la ciudad, había defendido el culto mariano, personas como Francisco de Bustamante no dudaron en tachar de perjudicial este culto. Muchas de las complicaciones nacieron del sincretismo, por ejemplo Bernardino de Sahagún, corrige a los indígenas, porque aseguran que Tonantzin en náhuatl es “madre de dios”, pero este les revira diciendo que madre de dios en náhuatl es: Dios nantzin.

Pese a las controversias la nueva advocación de la virgen  fue adquiriendo adeptos y una fuerza innegable, tanto así que en 1629 tras una tormenta de 36 horas una inundación asolo la Ciudad de México, entonces la imagen de la virgen se trasladó del Tepeyac a la Catedral Metropolitana, y de regreso al cerro, donde hoy acuden fotógrafos profesionales y amateurs para conseguir una panorámica de la ciudad, si piensas hacer esto ve acompañado, porque son frecuentes los asaltos.

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Joaquín García Icazbalceta

Entre otros Joaquín García Icazbalceta, historiador que vivió en el siglo XIX,  pone en tela de juicio la aparición de la virgen guadalupana,  asegura que no hay ni una carta de Juan de Zumárraga, donde este mencione dicha aparición.

 

Al estallar la revolución de independencia el estandarte guadalupano (más allá de la anécdota que involucra a Miguel Hidalgo) enarboló otra guerra, la teológica, pues mientras los españoles acudían a la virgen del Pilar, los insurgentes acudieron a la imagen de Guadalupe. Tras la victoria del ejército trigarante y la instauración del primer imperio, Agustín de Iturbide estableció la Orden Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, que cayó en desuso en el 1824, tras la muerte del antes emperador. Sin embargo Santa Ana, reactiva la orden, pero vuelve a caer en desuso, tras el triunfo del plan de Ayutla, 1854.

Manuel Félix Fernández, el primer presidente mexicano se cambió el nombre en honor a la virgen, por una batalla que tuvo lugar en la sierra mixteca, de ahí su nombre Guadalupe Victoria. El reconocimiento del culto como parte de la identidad nacional se hace patente cuando el congreso declara el 12 de diciembre como día de fiesta nacional, en el año 1828, lo propio hizo Benito Juárez el 11 de agosto de 1859, desde Veracruz.

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Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe

Tanto como Juárez como Lerdo Tejada fueron fuertes oponentes al clericalismo, pero manifestaron un respeto profundo a la Virgen de Guadalupe al considerarla un símbolo nacional y su fiesta como intocable. Durante el segundo imperio Maximiliano retoma la Orden de Nuestra Señora de Guadalupe, para llamarla: Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe.

Para el siglo XX el ayate de Juan Diego es ya parte de la identidad nacional, el culto a la virgen de Guadalupe resumía en su sincretismo el mestizaje de dos culturas, parte del nacimiento de México. Al respecto Adolfo López Mateos en una gira por Río de Janerio comentaba: “la imagen de la Virgen de Guadalupe no es considerada una obra pictórica, porque las manos que la pintaron no son de este mundo…”

Guillermo Schulenburg  quien fue director y abad de la basílica durante treinta años declaro en 1995 que la aparición de la Virgen de Guadalupe era más un símbolo que un hecho, mese después de esta declaración dimitió de su cargo, como lo hizo Eduardo Sánchez Camacho  obispo de Tamaulipas en 1897.  Tras la declaración de Schulenburg la Santa Sede ordenó una investigación profunda y terminó reconociendo la veracidad de este culto mariano. Eduardo Chávez Sánchez, José Luis Guerrero Rosado y Fidel González Fernández, publicaron esta investigación en 1999.

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Guillermo Schulenburg

El altar diseñado por Pedro Ramírez Vásquez en la Gustavo  A. Madero ha tenido distinguidos visitantes, desde Papas hasta devotos peregrinos, ateos y hasta selecciones de fútbol, como la española que tras ganar el mundial de Sudáfrica llevó la copa hasta la basílica funcionalista, la segunda más visitada del mundo (sólo por debajo de la de San Pedro, en Roma), como parte de una promesa a la virgen morena.

 

 

El ayate de la Virgen de Guadalupe, Reina de México, Emperatriz de América, es la obra de arte sacro más importante de México, pues aunque no haya pinceles de Cabrera, Correa, ni Villalpando su importancia es mayor que cualquier obra de los llamados “Divinos”, porque su valor es más simbólico que monetario, al igual que el culto a la Virgen de Gaudalupe son símbolos de la  identidad nacional y del mexicano en sí mismo: sincretismo y mestizaje.

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Peregrinos rumbo a la Basílica de Guadalupe

 

Por: Diego Medina

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